

Fragmento extraído de la publicación Lacan Cotidiano N° 927.
Jacques-Alain Miller: Estimado Éric Marty, he reflexionado en un pequeño speech para empezar. Recibí su libro el miércoles pasado con una dedicatoria que no pude descifrar, lo hojeé durante veinte minutos, y pensé en la frase de Marx en La Sainte Famille sobre la recepción por parte de sus contemporáneos del Essai sur l’entendement humain de John Locke, sobre el que yo había hecho mi memoria de filosofía con Canguilhem: “Fue recibido con entusiasmo, como un huésped esperado con impaciencia”.
Me hacía falta su libro, me doy cuenta de ello desde que se publicó. Sin saberlo, lo esperaba. En primer lugar, porque nunca me adentré en la obra de Butler, a la que Zizek, que entonces era mi estudiante en París, había tratado de interesarme en cuanto apareció Trouble in Gender en 1990. Muchos analistas, dentro y fuera de la École de la Cause freudienne, han explorado desde entonces los laberintos de la teoría de género, no yo.
No obstante, la teoría de género es ahora un fenómeno global. Usted comienza su libro con una frase rotunda: “El género, gender, es el último gran mensaje ideológico de Occidente al resto del mundo”. El tono es “romántico”, por usar una palabra favorita de Butler, pero que, a sus ojos, es estigmatizante.
¿Su sentencia es excesiva? En cualquier caso, es indiscutible que las ideas de los seguidores del género, por decirlo con palabras del Presidente Mao, han penetrado en las masas y se han convertido en una fuerza material. Estas ideas han impuesto en Estados Unidos, están influyendo en la evolución de la moral en todas las democracias avanzadas, por llamarlas así, y están inspirando la legislación de varios países, entre ellos Argentina, donde la influencia de Lacan es tan marcada en la vida intelectual. En Europa, se está debatiendo en España una ley similar a la argentina. Los discípulos del género son activos en Francia, tuvieron sus horas más ricas cuando Najat VallaudBelkacem era ministra de Educación.
Estoy pensando en esa frase de Foucault que citas en la página 389, donde confía en su esperanza de producir “efectos reales en la historia presente”. Pues bien, esta Judith Butler lo ha conseguido. Yo digo: “¡Me quito el sombrero!”. E incluso, por qué no: “¡Muy
bien, viejo topo!”
Desde el principio me desanimó el hecho de que Butler utilizara el vocabulario de Lacan de forma indiscriminada, descarada y extravagante. Usted me ha enseñado que no es así. Su uso erróneo de los términos que toma prestados de Lacan y de muchos otros
es el resultado de un verdadero método, un método de “desfiguración” debidamente reivindicado, que consiste en apropiarse de los conceptos para desviarlos de su significado inicial con el fin de utilizarlos para otros fines. Lo cita en la página 74: “We actively misappropriate the term for other purposes”. Es un gesto utilitario que no carece de grandeza, ni de osadía. Los americanos tienen una palabra en yiddish para designar la audacia, Chutzpah. Butler no sólo lo ejerce sobre Lacan, sino sobre Derrida, sobre Bourdieu, sobre Foucault y tutti quanti. Cuanto más conceptual es un término, dice usted, más busca captarlo y explotarlo, de ahí una actitud hacia los teóricos que califica de depredadora, confer, véase la página 77. A través de sus numerosas obras le sigues la pista, rastreando reutilizaciones, desplazamientos, desvíos, divagaciones, mutaciones, reconfiguraciones, y arrojas una dura luz sobre su manera de hacer las cosas, siempre ingeniosa e imaginativa, aunque a veces confusa y embrollada. De este modo, usted emprende una meticulosa “deconstrucción”, por utilizar la famosa palabra de Derrida, de la teoría del género, una deconstrucción respetuosa de sus meandros, pero severa por sus incoherencias. Mientras esta ideología suscita fácilmente el sarcasmo y el rechazo sin paliativos entre los conservadores, los reaccionarios y los defensores del sentido común, tú la estudias, despliegas tranquilamente toda su
complejidad, muestras sus paradojas, señalas sus impasses teóricos, hasta el punto de que cuando te leí pensé en la famosa máxima de Spinoza comentada por Nietzsche: “Non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere”. No te burlas del género, no lo
deploras ni lo odias, comprendes y haces comprender. Finalmente, en algunos puntos, la ironía se abre paso.
Ciertamente, hay que rendirse ante la palabra, si no ante el concepto de género, gender. Esta palabra no tendría este eco, no se habría convertido para muchos a la vez en una consigna y en una evidencia, si no estuviera en simpatía, en sintonía, en resonancia,
con lo que funciona el momento actual de nuestra civilización, con su “malestar”, según la palabra de Freud, con “lo que pasa en las profundidades del gusto” como dice Lacan.
No, la “teoría de género” no es una conspiración, no es una impostura, dice algo muy profundo sobre nuestra actualidad, la modernidad o la postmodernidad. Resulta aún más fascinante comprobar al leerte que estas ideas, que ahora triunfan, proceden
originalmente de un asombroso jugueteo teórico en un equilibrio inestable, donde el paralogismo compite con la fantasía.
Se dirá que arruinas la construcción del concepto del género sin retorno. Algunos, entre los que me incluyo, serán sin embargo sensibles al poder de la empresa. Judith Butler ha logrado imponer el género “casi universalmente como un significante insuperable”,
página 487, es inventiva, y rectifica sus conclusiones sin aspavientos, hasta que finalmente las evacua sicut palea, como el estiércol, palabra utilizada por Tomás de Aquino al final de su vida, recordada por Lacan.
Me has dicho que Butler fue coronada Queen of Gender en 1994 por la que podría haber sido su rival, Gayle Rubin, a la que presentas en la página 38 como “antropóloga, activista queer, lesbiana y grande amie de Michel Foucault, con quien comparte el mismo tropismo S/M”. Pero, ya el año anterior, Butler se reprochó a sí misma por hacer del género “un lugar de identificación prioritaria a expensas de la raza, la sexualidad, la clase o el funcionamiento de las colocaciones geopolíticas”, o también “a expensas de
lo subalterno, una nueva categoría alternativa creada por Gayatri Spivak”. El pensamiento interseccional, que privilegia la raza, ha ocupado desde entonces, escribe en la página 365, un lugar casi hegemónico en Butler. Es como si, para ella, el género hubiera durado sólo un poco más que las rosas, antes de marchitarse.
Al mismo tiempo, dejas claro que hay una especie de destino caótico para el pensamiento de género, que le impide asentarse, que lo lleva a diversificarse y desdoblarse sin tregua, de tal manera que su campo intelectual y militante parece asolado por una guerra de todos contra todos. También es el momento de recordar que el nombre de “teoría de género” es el resultado de un forzamiento, ya que quienes trabajan en la disciplina la descalifican. Según ellos, forma parte de una concepción unitaria, autoritaria y hegemónica de la actividad intelectual, de la que abominan, prefiriendo entregarse a la multiplicidad brillante, pululante y sin ley de los studies. ¡El
Uno ha muerto, viva lo Múltiple! El género no reconoce a ninguna Reina. Esta dinámica está, se podría argumentar en cierto modo, en consonancia con la lógica del “no-todo” que Lacan había llegado a formular como propia de la posición femenina, y que hoy
prevalece en toda la civilización, al menos en la nuestra.
Este sesgo hacia lo Múltiple-sin-el-Uno hace del campo de los estudios de género un laberinto, o más bien un maquis, una selva, y yo me habría perdido en ella, o más bien, ni siquiera habría entrado, si no me hubieras llevado de la mano, como Virgilio. Mi Butler
será, hasta nuevo aviso, la de Eric Marty. Espero que su libro se traduzca en Estados Unidos, y tendré curiosidad por ver cómo reaccionan ella y sus hermanos de armas ante su obra. ¿Serás homenajeado, o femmenajeado, con una polémica argumentada?
Sin embargo, tu libro no es sólo una sensacional deconstrucción del género según Judith Butler. También ofrece un panorama inédito, al menos que yo conozca, de una parte notable de la vida intelectual de Francia en la segunda mitad del siglo pasado. En
aquella época, todo el mundo hablaba del estructuralismo, aunque fuera para denostarlo o para pretender ir más allá. En particular, haces un vistazo a Barthes, Deleuze, Derrida y Foucault, a su complicidad y a sus disputas, amortiguadas o explosivas, un periodo muy intenso y fértil, si lo comparamos con la lentitud actual de los intercambios intelectuales, mal enmascarada por una agitación malhumorada, Esto es lo que hizo que Eugénie Bastié, periodista de Le Figaro, dijera la semana pasada que “nuestro debate público se caracteriza por el relativismo (a cada uno su propia verdad) y la intolerancia (mi verdad no puede ser cuestionada)”. Muy “gender” está esta situación.
Estos cuatro grandes nombres, en el curso de tu deconstrucción del género, los haces retornar muchas veces en un inteligente entrelazamiento, que a veces se convierte en un enredo. Me gustaría repasar estos nombres contigo uno por uno, si no te importa.
Y por último, está Lacan. Inspiró a Butler, cuya obra él no conoció, ya que murió en 1981. Está muy presente para nuestros Cuatro Grandes, los inspiró también, y él mismo los lee, los invita, tiene en cuenta lo que escriben. Pero tu libro muestra lo diferente que
es del Cuarteto. Al menos, no veo en él ningún rastro de ese “pensamiento de lo Neutro” que detectas en los cuatro para oponerse a la teoría del género.
En cualquier caso, después de 1968, cuando Derrida, Deleuze y Guattari, sin olvidar a Foucault, se propusieron desmantelar al psicoanálisis, hacerlo obsoleto y, para decirlo sin rodeos, arruinarlo en la mente del público, Lacan lanzó una red sobre ellos, una
túnica de Nessus, lo que llamó “el discurso de la Universidad”, del que distinguió severamente “el discurso del Analista”. Y hubo un punto de inflexión. Los lacanianos dejaron de leer a “los académicos”. Y estos últimos se alejaron cada vez más de la antigua compañía del psicoanalista que tan ocupados los había mantenido.
Eso es todo, he terminado. Es un libro grande, tan rico, tan denso, 500 páginas, un fresco, un carnaval, con su desfile de castrati y travelos, sado-masos y pseudo-schizos, a la vez un festival estadounidense y un desfile del French Pride. Es una epopeya
conceptual impresionante. En definitiva, una obra que, apuesto, quedará en la memoria.
Lacan y el “género”
Éric Marty: Gracias, estoy muy emocionado por tus palabras. Te decía antes de empezar a grabar que eras para mí uno de los lectores ideales de este libro, por tu historia, por tu papel, por tu lugar también, que está, digamos, ligado al de Lacan. Lacan
es para mí uno de los maestros del juego, de la partida de ajedrez, de bridge o de póker que mi libro pone sobre la mesa, y del que propone algunas partidas. Hay otros maestros del juego: Levi-Strauss, por ejemplo, del que no tendremos tiempo de hablar. Pero Lacan es el maestro del juego en relación con el Cuarteto: Deleuze, Barthes, Derrida, Foucault. Y esta dominación de Lacan es muy importante sacarla a la luz, tanto que los herederos – deluzianos, derridanos, foucaultianos– tienen en la actualidad dificultades para pensar su propio objeto en la época que fue lacaniana, y para percibir los lugares de cada uno de ellos en relación a Lacan. Maestro del juego también en relación con lo que sucede en el lado del género, tan fascinante es reconstituir la relación y las estrategias de Butler en relación con el corpus lacaniano, de un rigor asombroso en su lógica de deformación, de rivalidad también, muy asumida. También es esta reconstitución en la que estoy trabajando. Y también porque Lacan, como algunos de sus contemporáneos, conoció el gender antes de que se convirtiera en un concepto dominante. Y señalo al principio de mi libro que si Lacan encuentra la palabra
gender en su versión original en el psiquiatra americano Stoller, y si la identifica como un significante, no hace nada con ella. Uno tiene la impresión de que, hoy en día, muchos psicoanalistas están enfadados por no haber estado entre los que hicieron de la palabra “gender” un significante central para su propia clínica o para su propia teoría.
J.-A. M.: ¿De verdad? ¿Conoces a algún psicoanalista que esté enfadado por eso?
É. M.: Es una impresión muy difusa que se traduce anecdóticamente en la adhesión de un cierto número de analistas al vocabulario general del gender, pero sobre todo existe este sentimiento muy tenaz, hasta el punto de considerarse una certeza, de que el significante “género”, desde su aparición, ha ocupado el lugar de un significante-amo, un significante indispensable para cualquier sujeto hablante, y que le pone en la tesitura de tener que preguntarse cómo hablábamos sin él.
J.-A. M.: Tiene razón, Lacan no hizo del género una palabra-maestra en su enseñanza. Fue sin duda el primero en Francia en dar a conocer a Stoller…
É. M.: Absolutamente.
J.-A. M.: … y que la gente lea Sex and Gender, que es de 1968. Habló de ello, como recuerdas, en su Seminario De un discurso que no fuera del semblante, y le dedicó varias lecciones. A raíz de esto, sus alumnos escribieron artículos sobre el transexualismo en la revista de la Escuela Freudiana, Scilicet, en Ornicar?, la revista que dirigía en el Departamento de Psicoanálisis de París VIII. Catherine Millot, que fue su analista, su alumna y, como cuenta en un encantador librito, su amante, dedicó en 1983 una obra al transexualismo, titulada Horsexe, que merece la pena leer. Así que Lacan, los lacanianos, no echaron de menos a Stoller. Pero no adoptaron el concepto de género.
No siento en absoluto que nos hayamos perdido de algo. Importado por Judith Butler, este concepto está diseñado para hacer una cosa: socavar, pluralizar, descarrilar, borrar, y hacernos olvidar la función de la diferencia sexual, el hecho de que hay un sexo y otro, lo que hace dos, y no pequeños n de sexos, como Deleuze y Guattari querían hacer ya en L’Anti-Œdipe, mucho antes de que apareciera el gender. También nos hace olvidar que no hay una relación preprogramada entre estos sexos, que son dos.
Entre los gametos masculino y femenino, sí, existe una relación programada, es decir, una fórmula cromosómica que se puede poner por escrito en blanco y negro, y que refleja la forma precisa en que ambos se fusionan durante la fecundación para crear el cigoto. Sí, existe una relación biológica entre el esperma y el óvulo, así como entre las gónadas de ambos sexos. Sólo que en el nivel superior, donde somos personas sexuadas, “seres” y no órganos o células o cromosomas, no hay una fórmula universal.
El hombre y la mujer son tan distintos de sus órganos como de su organismo. ¿Son almas? No. Son exactamente significantes, porque, en el nivel en el que se trata de seres, para que se establezca un vínculo, es necesario pasar por el Espíritu Santo, quiero decir por la palabra, por un discurso, por el sentido. Al final, entre estos seres hablantes y hablados, estos “parlêtres”, neologismo de Lacan, puede tejerse algo parecido a una relación, pero nunca será más que un mosaico, un vínculo contingente, singular, inestable, revocable, que se establece siempre de pasada. Las mitologías, las religiones, las sabidurías, las tradiciones, pero también las novelas, las películas o las canciones, le ofrecen cuentos, ceremonias, momias, que suplen la relación que falta, que la “remuneran”, según Mallarmé.
Ahora bien, por lo que sé, los gender studies, si bien prescinden de la diferencia entre los sexos, no se resignan a la inexistencia estructural de la relación sexual, que sin embargo es constitutiva de la condición humana. En consecuencia, por regla general,
dilucidan cosas que siempre conducen a una especie de utopía de las relaciones sexuales, una utopía que, hoy en día, suele ser antipatriarcal. Para mí, este ejercicio es literatura fantástica. ¿Por qué no? Pero la mayoría de estas utopías están lejos de ser
apetecibles, ¿no cree?
É. M.: La cuestión para mí no es determinar si Lacan echó de menos el significante “género” o no, ni tampoco sobre Barthes, que también utiliza la palabra “género” a partir del castrato balzaciano, o sobre Derrida con la “ley de género” que medita a partir de
Blanchot. No se han perdido nada. Le cito: “Si Lacan y Barthes –podría haber añadido Derrida– han dado cabida a la noción de género, es evidente que no han ocupado su lugar en ella”. Además, la idea de que Barthes, Lacan o Derrida hubieran echado de
menos el género como significante-amo de su discurso plantearía dolorosos problemas epistemológicos, porque, en la otra dirección, el significante género no les faltó. Ellos, a diferencia de nosotros hoy, pueden hablar, discurrir sin que su ausencia haga un
agujero. Seguimos leyéndolos y escuchándolos sin que nos llame la atención la ausencia de la palabra “género” en su discurso. Lo que me fascina del surgimiento de este significante nuevo es la ruptura de época que señala, y a cuya evidencia hay que
reconocer : necesitamos hoy esta palabra.
Pero su observación plantea otro problema de carácter epistemológico. ¿Acaso lo mejor e los años sesenta y ochenta no está en los significantes-amo que ahí surgieron? ¿Los nuevos significantes que proliferaron durante esta secuencia –palabras faro, neologismos, palabras apropiadas– no eran algo muy diferente de los significantes-amos? También es un aspecto de mi libro, sobre todo en la tercera parte, explorar la modernidad desde el ángulo de la increíble inventiva lingüística del pensamiento de lo Neutro, desde Barthes, con el monograma del castrato, S/Z, hasta Derrida con la invaginación o lo “perverso”, pasando por Deleuze con el “CsO”. No se trata en absoluto de significantes-amo y, además, estos significantes han quedado sin herederos. El significante-amo presupone un significante que establece la unidad del significante y el significado, y asegura que el sujeto es idéntico a su propio significante. Quizá por eso el concepto de género – como significante-amo– plantea tantos problemas. Me parece que si hay nuevos significantes que han surgido en este fascinante corpus de la secuencia moderna, obedecen a juegos de enunciación, juegos de escritura que en última instancia los constituyen como materiales o joyas de una obra, ya que cada uno de los protagonistas de mi libro ha producido –negativa o positivamente– una obra. Este no es en absoluto el caso de Butler, ni su ambición.
Así que no creo que a Lacan le haya faltado la palabra género. Eso no es lo que estoy diciendo. Digo que hoy, en la opinión intelectual dominante, pero también entre ciertos psicoanalistas, se tiene la impresión de que las cosas habrían sido más sencillas si la palabra género, en lugar de venir de Butler, hubiera emanado del campo psicoanalítico. Este no ha sido el caso. Así que yo haría la distinción, que es igualmente válida para Derrida o Barthes, de que Lacan no echó de menos el concepto de género, sino que éste no tuvo un lugar para él.
J.-A. M.: Sí, estoy de acuerdo. Pero por mi parte, le felicito.
É. M.: De acuerdo.
J.-A. M.: Lo mismo ocurre con el self, que Winnicott promovió en su momento. Lacan señaló el término cuando apareció por primera vez, pero evitó cuidadosamente utilizar una noción que consideraba un desastre.
É. M.: Dicho esto, no es casualidad que Lacan haya encontrado la propia palabra gender en relación con los transexuales. Es como el anuncio del clash epistemológico, pero también cultural, simbólico, político, que opera hoy entre la cuestión trans y el concepto de género. Los invito a ver las páginas 492-502.
J.-A. M. : Sí, lo muestra con detalle al final del libro, y es muy esclarecedor. Es comprensible: el verdadero transexual no tiene ningún refinamiento. El gender fluid es muy poco para él. Cree firmemente en la diferencia de los sexos y en los estereotipos inmóviles de la clase que, a sus ojos, lo acompañan. Clama por pasar al otro lado, por modificar sus características sexuales secundarias, incluso primarias, y no duda en movilizar para ello a Mister Bisturí y a Milady Hormona. Cuando no está muy seguro de los hechos, todo depende de las personas con las que hable y de los profesionales que se presenten. Hoy en día no faltan los psiquiatras a los que les encanta hacer el papel de empujadores del crimen, incluso con niños muy pequeños.
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